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Cuento

Aislada

Falta tan solo un minuto para que hoy se convierta en mañana y debo confesar que me tomó por sorpresa, sabía que estaba enferma, pero no que sería tan grave. Me hubiese gustado vivir más, sin embargo, no es posible planificar estas cosas, aunque uno quiera.

12:00 pm. No puedo más con la ansiedad, mi vida cambió inevitablemente, cuando supe que hoy llegaría y ahora que llegó estoy sola. Pienso en mi amiga Maca recordándome a Gabriela Mistral: «Tengo un día. Si lo sé aprovechar, tengo un tesoro» aún recuerdo mi respuesta: «Amiga un día es toda una vida en miniatura». Qué ilusa, si ahora la tuviera enfrente le diría que es imposible reducir la vida a un día cuándo no se tiene más que uno.

Seco mis lágrimas, solo deseo abrazar a mis hijos, no me lo permite el virus. Pero tengo la certeza de que a eso no renunciaré jamás —me dije— los abrazaré igual uno a uno en mi corazón, lento muy lento, suave muy suave con mucho amor.

Miro las paredes blancas de este hospital, me siento sola, muy sola. No hay nada que pueda hacer, ni nadie a quien pueda llamar. El recuerdo de otro amigo surge en mi memoria y me dejo arrastrar por él. Me transporta a esa noche cuando me confesó que si mañana fuese su último día leería un cuento de Borges. ¡Qué ironía! no tengo libros en esta habitación, pero si una memoria privilegiada y en un santiamén me veo cayendo por las escaleras del sótano, encontrándome con ¡El Aleph!

Vuelvo a sonreír, nunca pensé que disfrutaría del sarcasmo, dicen los que saben que el humor y el drama van de la mano. No sé… trato de no pensar. Lo único que puedo escuchar es el Pi, Pi, Pi, del aparato que mide los latidos de mi corazón.

Cierro los ojos, suspiro, imagino por unos minutos que vuelo por el campo libre como el viento, los vuelvo a abrir y veo a «una señora muy blanca, muy más que la nieve fría» ¿Por dónde entró la enfermera? ¡Otra vez! no pude contener el llanto, este recuerdo fue derecho al corazón y sentí como el Pi de la máquina se aceleró, por un momento me vi sentada en una sala de emergencias repitiendo por novena vez el romance del Enamorado y la muerte, con el único fin de hacer reír a mi marido que se recuperaba de una cirugía ambulatoria. Nunca pensé que sería así, yo tratándome de levantar el ánimo a mí mismo, pero por las dudas le dije: «Ay muerte tan rigurosa», déjame terminar en paz este día. Eso no puede ser «una hora tienes de vida» sonreí, qué más podía hacer ahí tumbada en la cama agonizando. Qué más podía hacer, sino inventarme un final feliz rodeada de mis recuerdos más preciados.

De pronto, la calma me invadió, comprendí que todos estaban conmigo, cada uno de mis seres queridos habían estado presente, a su manera, en esta habitación. Incluso a los que no había nombrado, todos.

Agradecí porque en realidad nunca había estado sola. Me relajé y casi sin planearlo observé la máquina que me monitoreaba, siendo testigo de cómo el Pi se fue extinguiendo en una delgada línea recta, dejando abierto ante mi consciencia el silencio y la enormidad del Aleph.

 

Gabriela Motta
28-01-21
Montevideo

Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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