Arnesto
Cuento

Arnesto

Él era un borde o vivía al borde, ya sé no es lo mismo, pero a modo de introducción funciona o ¿no? Se llamaba Arnesto (dice que era un nombre portugués, en realidad nunca nadie se detuvo a averiguarlo, pero yo pienso que estaba mal escrito) y era mi vecino. Insoportable, molesto a más no poder. Cada mañana me despertaba con su usual saludo al sol, lo veía parado frente a la ventana con su lánguido dorso desnudo, que coincidía, casualmente, con la de mi cocina y comenzaba a cantar para todo el barrio, desafinaba como solo él podía hacerlo. Me cansé de pedirle que no gritara tanto, podía comprender su adoración al sol, sin embargo, él no comprendía que sus gritos eran una molestia. Luego de ese desayuno tan peculiar, me iba a correr por el parque y ahí estaba él otra vez.

—¿Buenos días vecina? Que suerte encontrarla porque me aburre caminar solo.

—Discúlpeme Arnesto, pero yo camino para relajarme y prefiero hacerlo sola, ya se lo he dicho en repetidas oportunidades.

—Vecina debería hacerse ver por un especialista, no es normal tanto mal humor en las mañanas.

Yo respiraba hondo, porque sentía que el disfrutaba arruinándole el día a la gente, luego de unas cuadras caminando con Arnesto explicándome técnicas de relajación y sin recibir ni una sola contestación de mi parte se iba a molestar a otra parte. Les juro que no sabía cómo explicárselo, al principio intenté siendo sutil, luego seguí con indirectas, pero estábamos en el punto en que le decía en la cara que era insoportable y él permanencia inmutable. De regreso a casa, ahí estaba Arnesto, nuevamente, comiéndole la oreja al portero. Subía al ascensor ignorándolo ya no me importaba hacerlo sentir mal. Me bañaba y me iba para la oficina, cuando regresaba otra vez Arnesto, esta vez parado en la puerta de mi apartamento:

—Vecina le traje el número de mi hermana que es psicóloga para que se haga ver. Me aguante el insulto y guardé la tarjeta en el bolsillo, él saludó y se fue.

¡Por fin sola en casa! deje mis llaves y me tire totalmente relajada sobre el sofá, a disfrutar de mi merecida calma. Recuerdo, claramente, ese momento cuando sonó el timbre, sabía que era él, lo sabía…

«No, no voy a contestar» —pensé. Sin embargo, el timbre seguía sonando insistentemente. Solo podía ser él ¿Quién más insistiría de esa manera tan grotesca? Lo deje, estuvo media hora haciendo sonar el timbre. Yo estaba al borde de un ataca de ira, me levanté fui hasta la cocina, tomé un cuchillo y me tiré sobre la puerta clavándoselo en el brazo. Ya no podía ver ni escuchar nada, no sé qué paso. Días después me desperté en el hospital custodiada por dos policías informándome que estaba arrestada por intentar matar al portero del edificio. Uno de los oficiales me avisó que tenía visita, medio dormida aún por el efecto de los calmantes asentí con la cabeza para que dejaran pasar a la persona. Era Arnesto… Comencé a gritar mientras me rasgaba la ropa con los dientes, lo mato gritaba, esta vez lo mato.

Y me volvía a despertar días después en una habitación de un psiquiátrico sin recordar nada, repitiendo una y otra vez, esta vez lo mato, lo mato…

Gabriela Motta

23-09-20

Montevideo

Si te gustó, comparte.

Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *