El Recolector y su punto de vista.
Cuento

El Recolector y su punto de vista

Juan tiene veinte años y es padre de tres niños, su madre lo tuvo cuando tenía quince; su padre se desvinculó antes de que naciera, con la excusa de que «ella era una cualquiera y quién sabe de quién era el hijo, a él no lo iba a engañar queriendo enchufar el hijo de otro».
Así fue, como la madre adolescente quedó sola, su única alternativa fue prostituirse para poder solventar los gastos de un embarazo precoz.
En ese contexto de extrema pobreza, nació Juan, criado desde muy pequeño en las calles, rodeado de carencias, con muchos de sus derechos vulnerados. Pero a pesar de su entorno, y que su mamá se perdiera en el mundo de las drogas y la prostitución después de su nacimiento, él era un resiliente.
Nunca quiso seguir los pasos de sus conocidos, que ganaban dinero fácil rapiñando autos en los semáforos. Él en cambio, había ahorrado unos pesitos cuidando coches, para comprarse un caballo. Luego junto maderas y algunos fierros para construir su propio carro.
El trabajo de recolector era digno como cualquier otro trabajo y además respetado por sus pares. Él tenía ejemplos claros de lo próspero que se podía llegar a ser, bastaba con observar a su vecino el Cholo, quien recolectaba hace ya algún tiempo y ganaba un buen dinero, eso se veía reflejado en los niños, que siempre estaban bien vestidos y alimentados.
Esa mañana se despidió de su familia y salió junto con su hijo de seis años y su hermano Pedro, los llevaba para que conocieran otra forma de ganarse la vida que fuese distinta a las rapiñas y las bocas de pasta base.
El problema, es que Juan, ignoraba muchas cosas importantes que debían ser tenidas en cuentas, por ejemplo que el municipio había prohibido el uso de carros en la zona céntrica de la ciudad, su uso estaba permitido sólo en la periferia. Ignoraba, que había grupos de personas luchando por el bienestar animal y tratando de retirar los caballos de las calles, ignoraba que su trabajo no era visto como tal en otros contextos, ignoraba los temas relacionados a la seguridad vial, el peligro que corría él, el caballo y los demás transeúntes. Desconocía por falta de educación muchas cosas, desde su punto de vista, el mundo era mucho menos complejo y más simple.
Para él; el caballo era solo un animal, que con darle un poco de agua y comida bastaba, siempre decía lleno de orgullo que el Potro (como lo llamaba) comía mejor que muchos en su barrio, incluso había días que comía mejor que él. Para Juan ese animal era su trabajo, y ese trabajo era su salvación. Eso bastaba para sentirse esperanzado, por primera vez sentía que estaba haciendo algo bueno.
Le hacía mucha ilusión su primer día de trabajo, había ideado un sistema de recolección que lo fueron aplicando de contenedor en contenedor.
Todo marchaba bien hasta que tocó recolectar en una avenida, el caballo que no estaba acostumbrado al ruido de la ciudad se asustó y salió disparado, corriendo desesperado, en su huida logró esquivar algunos autos y transeúntes, pero al llegar a la esquina se chocó de lleno con la parte trasera de una camioneta que esperaba el cambio de luz. El carro se partió a la mitad y el animal salió despedido volando por encima de la camioneta. Juan corrió desesperado detrás, pero al darse cuenta que nada podía hacer llevó sus manos sobre la cabeza y quedó paralizado observando el trágico desenlace.
En cuestión de minutos, se aglomeró mucha gente, unas personas tomaron el caballo y se lo retuvieron, a él lo miraban con desprecio, escucho comentarios de todos tipo, las personas que pasaban lo insultaban por su actuar irresponsable, hacían comentarios sobre su condición.
Él en cambio, seguía paralizado, tan solo pensaba en rescatar su caballo (ahora que sabía que los ocupantes de la camioneta estaban bien, respiraba un poco menos nervioso), sin embargo, no sería tan sencillo recuperarlo nuevamente.
Cuando por fin llegó la policía al lugar de los hechos, luego de interrogar a los testigos y a los ocupantes de la camioneta, se dirigieron hacia él, pudo observar que el trato que se le daba no era el mismo que a los demás involucrados, notó, un tono diferente en los oficiales que lo interrogaron, no obstante, aguantó en silencio porque el había aprendido desde muy temprano a aguantar y esta vez el error había sido grande.
Uno de los oficiales le pidió los documentos del animal, Juan también ignoraba que el caballo tenía que tener documentación, era la primera vez que lo escuchaba, a él, se lo había vendido el Gringo con la garantía de que estaba todo en orden. Y ahora este hombre le habla de papeles y de una multa.
Se tiró en una cantera debajo del sol que quemaba con furia su piel curtida, desconsolado viendo cómo sus sueños se despedazaban ante sus ojos, viendo como para esas personas él era tan sólo un “pichi “mantenido por el estado, a través de sus planes sociales, viendo cómo por una imprudencia la vida volvía a recordarle que para algunas personas era muy difícil poder salirse de sus etiquetas sociales.
Él había cometido un error por ignorar cosas, pero había sido un accidente, los demás no parecían ser malas personas, sin embargo, lo trataban como si en algún momento de su vida hubiese perdido la condición de humano para mutar en un «pichi». A nadie le importó que Juan esa noche volviera a su casa sin ningún ingreso y sin su fuente de trabajo.
Devastado, analizó la situación e intentó comprender desde su acotado punto de vista cuáles eran sus posibilidades de salir adelante, como haría para seguir, pues el caballo ya no lo tenía, no tenía un mango en el bolsillo, y para colmo de males le había tocado nacer en un contexto desfavorecido, peleándola desde el primer minuto de vida para sobrevivir y no dejarse caer por las adversidades.
En ese instante, se le vino a la memoria una frase, que había leído en una protesta en contra de las reformas en las cárceles en las redes que decía algo así: “los derechos humanos son para los humanos derechos” y sonrió, esa lógica se aplicaba en él, justamente en ese momento. El haber nacido pobre, en un barrio marginado, le quitaba la condición de «humano derecho» para otorgarle la etiqueta de pichi, paradojas de la vida, justa él, que había tratado por todos los medios posibles convertirse en un hombre honrado.
Pero, ante sus ojos, sólo tenía a tres pequeños niños, que lloraban de hambre pidiendo por comida. Sin decir nada, se levantó, tomó sus cosas y se fue para la esquina junto con sus conocidos, sabía que no era lo correcto, pero era lo único que tenía a mano para salir de ese aprieto, era lo único que creía poder hacer de inmediato para calmar el hambre de su familia y la suya propia.
Si analizo lo ocurrido desde mi punto de vista seguro la historia de Juan sería diferente, pero aquí lo que importa es su punto de vista y no el mío.
Gabriela Motta.
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Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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