La carta secreta
Cuento

La carta secreta

La carta siempre había estado allí, sin embargo, pasaba desapercibida entre los libros de la añeja biblioteca. Pareciera que a nadie le llamara la atención husmear entre ellos.

Julia había heredado de su abuela la antigua casa de verano familiar e intentaba orden no solo la casa, sino también sus emociones.

La biblioteca era uno de esos sitios que mantenía su encanto, siempre había estado en el mismo lugar y lo único que se le sumaba era polvo a sus añosos estantes. Entre papeles y libros encontró una carta que parecía estar detenida en el tiempo, esperando ser descubierta. Se detuvo a leerla permitiéndole al tiempo escurrirse tan lento como quisiera entre las líneas de aquel viejo papel.

«Querido Dios:

Tengo catorce años y he sido buena. Se me ocurrió que, quizás, podrías darme alguna señal para explicarme qué está pasando. Ya casi es navidad y todo sigue igual, pensé que este año se arreglarían las cosas, pero no fue así. En casa papá sigue sin trabajo y mamá trata de disimular una tristeza que la consume día a día, yo he tenido que hacerme cargo de los niños. Mamá dice que tú ya no escuchas a nadie, pero hoy por ser víspera de navidad estoy dispuesta a intentarlo. Todavía creo en los milagros por eso te escribo, deseo con todas mis fuerzas que me puedas leer.

Dios estoy desesperada porque la vida es dura. Este año es, sin dudas, el más triste de mi vida porque en casa ya no hay alegría. Estamos en víspera de navidad y a nadie le importa yo trato de hacer que por lo menos los más pequeños puedan tener un poco de esa magia navideña que en algún momento la supimos sentir, pero es tan complicado sin la ayuda de papá y mamá. Hago lo que puedo con lo poco que tenemos, tomé una olla la llené con agua y puse a hervir un kilo de arroz. Ya sé estarás pensando que enloquecí, pero quiero que por lo menos hoy coman y se llenen todos; tendremos nuestra cena navideña. Mañana me preocuparé en cómo conseguir más comida.

Para los niños me tomé el trabajo de hacerles unos ramitos de flores que yo misma las corte del campo. Se los voy a poner a medianoche en ese arbolito que se encuentra cerca de la puerta de entrada de casa, que también lo decoramos, le pusimos tapitas y con papel hicimos guirnaldas, nos quedó muy lindo, los niños están felices. Cuando mamá lo vio sonrió bueno trató de hacerlo, pero te juro que le gustó. La navidad sin arbolito no es navidad.

¡Ay, Dios! no es sencillo, muchas veces siento que me han robado una parte de mi niñez, pero si no lo hago yo ¿Quién lo hará?

En fin, no quiero molestarte mas con mis penas, volvamos a lo nuestro. Si lees esta carta ¡por favor! regresa a mi hermano para devolverle la alegría a mis padres. Desde el día que les dieron la noticia de la tragedia están como muertos en vida. Lo único que les permite seguir respirando es la esperanza de hallar en algún momento su cuerpo con vida. Mamá siempre nos recuerda que él era muy buen nadador, —seguro no se ahogó, debe estar perdido en algún monte— dice mientras se seca a escondidas las lágrimas. Si aún vive ¡danos una señal! ese sería el regalo más hermoso que podría recibir esta noche.

Me despido con la ilusión de que llegue esta carta a tus manos y la recibas con emoción sabiendo que en casa todos te amamos, aunque algunos estén un poco apagados en este momento.

Un abrazo apretado y hasta siempre, con cariño

Esperanza»

Julia había escuchado millones de veces historias sobre la guerra, sobre la pobreza que había vivido su abuela en su niñez y como había sacado adelante a su familia luego de la depresión que habían padecido sus padres. Lo que nunca le habían contado era sobre esa triste navidad inmortalizada en esa vieja carta, nunca le habían mencionado la existencia de un tío, aparentemente, muerto en un accidente. Julia secó sus lágrimas y recordó a su abuela inmiscuida cada navidad en esa biblioteca, seguramente aquella carta era la causa de su mirada distante e introspectiva. Pero ¿qué hacía la abuela con esa carta?

En ese momento supo que las navidades nunca más volverían a ser las mismas después de aquella revelación que venía a sanar y a explicar tantos silencios familiares que para ella hasta ese momento no tenían explicación. Y cerró aquel viejo libro dejando la carta dentro, segura de que permanecería por siempre en su memoria. Agradeció a la vida por haber conservado la inocencia de su abuela permitiéndole escribir esa carta, que hoy le devolvía las fuerzas y llenaba vacíos muy profundos en su historia.

Gabriela Motta, 12/12/2017.

Si te gustó, comparte.

Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *