Las plantas no cubren la tristeza
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Las plantas no cubren la tristeza

Cada vez que visitaba la casa de J., me encontraba con alguna nueva adquisición, mejor dicho, ella se encargaba de señalarla. En las primeras ocasiones me pareció normal, con su pareja acababan de mudarse y tenía sentido que compraran muebles y objetos de decoración para el recién estrenado hogar. Me gustaron las plantas que encargó, por ejemplo. También es cierto que yo no la conocía tanto en ese momento; ignoraba, entre otras cosas, su predilección por los bienes materiales ostentosos que a veces elegía.

Numerosos fueron y son los beneficios que J. ha sacado producto de su vínculo matrimonial, hoy por hoy ya no lo llamaríamos “amoroso”: la posibilidad de vivir en países del primer mundo; la obtención de empleos que no habría conseguido por sí sola, al menos no exactamente los que tuvo, ya que vinieron todos por contactos de su pareja; casas cómodas y modernas; tarjetas de crédito para adquirir más objetos costosos; viajes… Si bien considero a J. una persona inteligente y capaz, ni ella misma se imagina cómo hubiera alcanzado similares caminos y el mismo estándar de vida por su propia cuenta. Hasta antes de casarse, era una chica como tantas, vivía en un monoambiente y ganaba un sueldo que apenas le permitía llegar a fin de mes. Tuvo algo de suerte y de astucia, también una cuota de amor, para conocer y aliarse con alguien que la llevó más allá de sus propias posibilidades. Por lo tanto, hubo cierta afortunada coincidencia entre las ambiciones que venía gestando y el encontrar un novio que le daría las herramientas para volverlas realidad.

El inconveniente fue que ese alguien resultó ser una persona muy insegura y dispuesta a pagar casi cualquier precio con tal de no quedarse solo. Tal vez por eso J. creyó que tenía asegurada a su pareja para siempre, pues él jamás querría dejarla. Pero la vida es más inteligente que todos nosotros juntos y se encargó de demostrarle que ningún futuro está comprado. Un día, su esposo apareció con una historia extraña que involucraba a una compañera de trabajo. Hubo crisis y peleas, llantos, promesas y controles. Fue la gota de agua que rebalsó un vaso lleno hasta el tope. Desde hacía rato, la rutina, el aburrimiento y otras malas hierbas típicas de las relaciones ya golpeaban a la puerta del matrimonio. En este punto, permítaseme hacer dos confesiones, dos hechos que aceptaré: primero, que este relato no es ni será nunca objetivo; segundo, que si decidí contarlo ha sido porque, al final, J. me ha demostrado que prefiere la comodidad del desamor antes que las aventuras y la vida que late, que a veces duele y debe doler, en la sangre de esos seres que no se mienten a sí mismos y luchan por sentirse vivos y deseantes.

A partir del episodio en el trabajo, comenzó la decadencia. Será suficiente con mencionar que ambos se mostraban cansados del vínculo y poco enamorados. Reñían por cualquier motivo. En más de una ocasión, durante una reunión entre amigos, ocurría algo entre ellos, desde el lanzamiento de comentarios filosos hasta verdaderas peleas que concluían en la retirada dramática de alguno de los dos. No se cuidaban de decir delante de otros, casi como un chiste, que ya no tenían sexo, a pesar de recién arañar los treinta años y llevar casados menos de tres. No sé qué efecto pueden producir esas acciones y palabras sobre los eventuales testigos, pero a mí al menos me ponen muy incómoda.

Así y todo, ambos insistían en hablar en plural y, salvo los evidentes roces que tenían incluso en la cara de las demás personas, pretendían hacer como si nada pasara. Resultaba duro sostener el show con ellos. Mi incomodidad crecía y crecía. Comenzaron a contagiarme su espíritu de hacer “como si…” y de repente a mí también me parecía fuera de lugar hablar de mi aspecto humano. Todo se medía, para ellos, con la misma vara, y esta eran los aspectos cuantificables de la vida: ¿tenés trabajo?, ¿y cuánto ganás? ¿Y en qué gastás la plata que ganás? Sin lugar para las emociones, las dudas ni las debilidades. Cuando me hallaba con ellos, las guardaba.

Traté de charlar varias veces con J. acerca de lo que acontecía, pero la comunicación nunca fluyó. Cada muy tanto se abría y hablaba acerca de los conflictos en su pareja, sobre todo si había alguien más. Si nos encontrábamos solo nosotras dos, aunque yo le preguntara sinceramente cómo se sentía, se limitaba a responder “bien”, cortando el tema en seco. Conmigo no conversaba mucho de sus problemas y creo saber por qué. Cuando me narró aquellos confusos episodios con su esposo y la mujer del trabajo, yo, si bien la apoyé y me paré “de su lado”, le señalé algunos razonamientos ilógicos que estaba teniendo y que no le harían ningún bien. Adivino que no le gustó nada oír que podía estar equivocada, pues desde entonces se cerró bastante. Por mi parte, no me arrepiento de lo que dije. Usé buenas palabras y traté de transmitirle algo útil. Darle la razón y repetir “sí, tu marido es terrible, pero nunca te va a dejar, no te preocupes” no la hubiera ayudado realmente.

Llegó un punto en que tampoco me agradaba visitarlos. La casa se convertía poco a poco en un templo. Objetos más grandes y lujosos reemplazaban a los anteriores, que tampoco estaban mal. Nada podía ensuciarse: si caía una miga al suelo, mi amiga no esperaba ni dos segundos para ir en busca de la aspiradora y limpiar. Esas paredes envolvían todo, hasta el aire se sentía falso: sobraban objetos y faltaba la alegría.

Fue cuestión de tiempo hasta entender que el orden externo resultaba inversamente proporcional al orden interno. A medida que la pareja se consumía, erosionadas sus bases hasta el punto de que el conjunto era insostenible, la casa no hacía sino perfeccionarse, convertirse en una especie de museo donde no estaba permitido tocar nada. Las pequeñas plantas en macetas de colores, que tan bonitas me habían parecido en un primer momento, fueron seguidas por otras más grandes, esparcidas por todos los ambientes. Tantas y tan grandes eran las plantas, que tapaban la mitad de la ventana del comedor, trepaban por las paredes y desbordaban los muebles.

Cierta tarde, me pareció percibir un llamado de alerta. Al visitar a J., noté que había adquirido una inmensa cantidad de artículos en menos de tres días, a tal punto que la casa se veía muy diferente en relación con la semana anterior: era nueva, pero ella la renovaba, eso se volvía incomprensible. Reemplazó objetos con casi nada de uso. Regaló lo viejo. Exhausta, tirada en el sillón tras un día entero ordenando, hablaba de que había gastado muchísimo dinero en las adquisiciones y que, sin embargo, “aún le quedaba algo en la cuenta”. Como si fuera un imperativo llegar al saldo cero. En otra ocasión, dos días después, en una cena con amigos nos contó que había encargado cuatrocientos saquitos de té de no sé dónde. A continuación, riendo, agregó: “ya no sabemos en qué gastar”. Nadie más rio.

Las sábanas lujosas que se sentían como seda al dormir. El nuevo mueble para el televisor. El televisor gigante. La alfombra que desplazó a la anterior. La comida innecesariamente cara. Los juegos de mesa. La pava eléctrica al mejor estilo danés. Yo me llevé la vieja, porque me hacía falta.

Debido a que me marché, nuestro contacto es pobre por estos días, aunque a través de las redes sociales he podido adivinar que nada en su vida cambió. No se lo dije a J. porque ella hace tiempo que no pide mi opinión, pero ningún programa de televisión puede tapar el silencio de dos que ya no tienen nada para decirse, no hay caricia más suave que los brazos de quien amamos y nos ama, y la comida, aunque barata, sabe mejor si la compartimos con alguien a quien soportamos. Las apariencias pueden disimular nuestras carencias, incluso durante toda la vida, pero me pregunto si es la vida que alguien quiere vivir. Yo no y tal vez por eso no me gustaría ser ella.

Aún recuerdo aquella tarde en la que llegué a su casa y, al entrar, me choqué de lleno con la planta de interior más grande que he visto en mi vida. Entonces pensé, qué lástima que estas enormes hojas nunca cubrirán la tristeza.

Escrito por: Viviana Herrero

Biografía:

Nací el 18 de abril de 1991 en la ciudad de La Plata, Argentina. Transcurrí allí mi infancia, y desde pequeña exploré y dejé crecer mi interés por la escritura y la lectura.

Estudié Edición en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, tras lo cual sumé numerosos cursos de formación en el ámbito editorial. Me desempeño laboralmente en dicho campo desde los diecinueve años, tanto de forma independiente como para diversas empresas e instituciones. Me he especializado, sobre todo, en la edición escolar y académica.

Vivo fuera de la Argentina desde principios de 2019. Primero, residí en Suecia casi un año, tras lo cual me mudé a Dinamarca. Desde aquí, continúo vinculada a mi profesión y he retomado el oficio de escribir.

 

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Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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