Con la moto a cuesta
Cuentos

Con la moto a cuesta

Con la moto a cuesta

Transcurría el mes más caliente del año cuando se lo escuchó decir:

—Nos vamos de viaje.

Y los hechos que sucedieron a continuación fueron como una secuencia en cámara lenta. Se subieron en la moto con las ganas de conocer nuevos lugares, la inexperiencia en ruta y el deseo de aventura que les regalaba los veinte años recién cumplidos.

—¿Qué nos puede salir mal? —Preguntó ingenuamente él— denotando inexperiencia en sus palabras.

El propósito era recorrer en menos de veinticuatro horas seiscientos kilómetros, además, desconectarse de la tecnología llevando en sus equipajes, únicamente, un viejo mapa de rutas. Descansarían en un camping a la mitad del camino donde pasarían la noche y a la mañana siguiente continuarían el trayecto.

Cuando por fin llegó el día partieron con sus mejores sonrisas. Luego de algunas horas de viaje les comenzó a parecer extraño que no había señalización en la ruta ¿Sería por qué estaba en obra? Se cuestionaron, mucho tiempo después, cuando ya se habían desviado más de cien kilómetros del destino. Ella trató de mantener la calma ya que la de él había desaparecido. Eran conscientes que ese episodio les costaría más horas de viaje.

—Continuemos —dijo ella intentando de sostener la sonrisa en el rostro. Abrieron el mapa de rutas sobre la moto, lo posicionaron al norte y prosiguieron. Después de algunos kilómetros comenzaron a observar cómo los autos les hacían señas con las luces, respondieron de la misma manera, lo que ellos habían interpretado como un saludo de los conductores, sin embargo, los viajeros eran tan insistentes que comenzaron a dudar que fuera solo simpatía y decidieron chequear. Fue en ese momento que ella vio como los pulpos que sostenían su bagaje habían cedido y llevaban en una interminable caravana justo detrás de la moto, a los dos bolsos, la carpa y las camperas. Todo su equipaje se veía como una gran serpiente haciendo zigzag en medio de la ruta, absolutamente, envuelto en polvo.

—¡Frena la moto —le gritó— perdimos las cosas!

Se bajaron y juntaron todo lo que pudieron encontrar, lo volvieron a amarrar y retomaron, una vez más, el camino. Ella ya no tenía la sonrisa del comienzo; él no hablaba.  Siguieron avanzando, observando de reojo como la noche se aproximaba. Él aceleró tratando de evitar lo inevitable y lo único que logró fue recalentar el motor que kilómetros antes de llegar a destino se apagó. Intentó volver a encenderlo, pero era imposible: cuando él prendía la moto se apagaban las luces y cuando prendía las luces se apagaba el motor.

—Bueno —dijo mientras suspiraba invadido por la rabia— continuamos sin luces, ella sin decirle palabra, sacó una linterna y la sostuvo en la parte de atrás con la intención de ser vista por los conductores. Y así, exhaustos, llegaron al camping que también se encontraba a oscuras debido a que recién se habilitaba al día siguiente. ¿Ahora dónde encontrarían un lugar para pasar la noche en un pueblito desconocido y con la moto rota? La desazón los invadió por completo, el guardia al verlos así les propuso que se quedaran igual, aclarándoles que no tendrían ni luz ni agua caliente, pero eso ya no importaba lo único que querían era dormir y salir temprano para la playa. Buscaron un lugar donde acomodarse e investigar que le pasaba a la moto, cuando comenzaron a chequear se dieron cuenta que la conexión eléctrica se había convertido en un gran manojo de cables fundidos debido a la alta temperatura de la carretera, sería imposible solucionarlo sin un técnico. El resto del viaje lo tendrían que hacer sin luces. En fin, dieron por concluido el tema y se pusieron a armar la carpa, fue recién entonces cuando percibieron que debido al incidente con los pulpos estaba llena de agujeros y lo que era peor las varillas se habían convertido en pequeñas lanzas. Seguían sumando desdicha a su lista, su viaje se había convertido en una pesadilla. Como pudieron terminaron de armar aquel pequeño y deforme iglú repleto de agujeros, seguramente, pensaban en que le dirían al dueño, se miraron y por orgullo le restaron importancia al hecho. También se despreocuparon de los agujeros ya que era verano y hacía calor, les servirían de ventilación. Se acostaron muertos, pero al cabo de unas horas el colchón comenzó a desinflar, se dieron vuelta uno para cada lado y trataron de conciliar el sueño a pesar del piso duro, los ruidos que venían de afuera y los mosquitos que se metían por aquellos infinitos hoyos, haciendo de ellos su gran festín. A la mañana siguiente se levantaron, más cansados de lo que se habían acostado y se prepararon para partir.

—Ya está, hoy no nos puede pasar nada más —dijo él con un tono irónico dejando asomar en su rostro una pequeña sonrisa optimista. Ella no contestó, tampoco le sonrió. Posicionaron, nuevamente, el mapa sobre la moto y observaron un pequeño desvío que al parecer les ahorraría una hora de viaje:

—No es buena idea– sostuvo ella.

—Si lo es —dijo eufórico él.

Y se fueron en busca de un nuevo desafío, otra mala decisión, el desvío era un viejo camino intransitable lleno de pozos, barro, piedras y todo el tiempo que pretendían ahorrar lo perdieron.  Para entonces ya nada les sorprendía y a pesar de todo los inconvenientes llegaron con la moto a cuesta y la experiencia de no volver a transitar con una moto china seiscientos kilómetros con más de treinta y cinco grados.

 

Gabriela Motta.
07/01/21
Bella Unión

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Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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