Cuentos de Ciencia Ficción cortos para secundaría
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Cuentos de Ciencia Ficción cortos para secundaría

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Realidades paralelas

Cierta mañana tocó mi puerta un delgado y pálido hombre, tan alto que parecía de otro planeta. En sus manos, que me resultaron muy peculiares debido a la longitud de sus finos y huesudos dedos, traía un paquete para mi. Emocionada con la sorpresa entré rápidamente sin prestarle mayor atención al personaje ¿Quién me habría enviado el paquete?

Al abrirlo me encontré con un par de lentes negros. Pensé que existían altas posibilidades de que se hubiera equivocado de dirección, sin embargo, los datos al dorso eran correctos. Me intrigaba que no tuviera remitente ¿Quién me mandaría un par de lentes? Pero, sin darle mucha más vuelta al tema, me los puse y salí a presumirlos. Al pasar por la feria saludé a Walter, el verdulero, quien elogió mis lentes. Yo le retribuí la delicadeza elogiando la eficiencia de su nuevo ayudante que no paraba de organizar las frutas.

En la esquina mientras esperaba que el semáforo me habilitara a cruzar una anciana se me acercó y una vez más mis lentes fueron tema de conversación. Le comenté sobre mi inesperado regalo, ella me descolocó al decirme que ya los había visto en otra ocasión, la mire esperando una explicación que nunca no me la dio. Cuando llegamos a la plaza cada una siguió su camino, busqué un banco que estuviera al sol, me quité los lentes para estar más relajada y me dispuse a disfrutar, asombrándome con la rapidez en que había desaparecido de mi vista la anciana y el ayudante de Walter. Este hecho me hizo pensar cómo en unos segundos el mismo lugar cambia de apariencia millones de veces sin nosotros siquiera percibirlo.

Luego de un rato me coloqué nuevamente mis lentes y permanecí en silencio. Al cabo de unos minutos observé que la anciana del semáforo regresaba, al verme se sentó a mi lado. Era tan agradable su compañía que me deje llevar por sus historias, cuando me di cuenta de que había perdido la noción del tiempo le comenté que debería regresar al trabajo.

Mientras esperaba, otra vez en la esquina a que me habilitara el semáforo, noté como Walter ignoraba por completo a su nuevo ayudante, al pasar por su lado y con la intención de aproximarlos le comenté que el chico era muy hacendoso. Walter está vez me sonrió descolocado, yo continúe mientras concluía que a quién le faltaba buenos modales era a Walter y no al chico.

Llegué a casa, prendí la computadora y me dispuse a trabajar. Observando de vez en vez por la ventana para espabilar las ideas, en una de esas tantas veces vi apoyada sobre el muro de casa a Walconda, la anciana de la plaza. Abrí la ventana para corroborar de que fuera una coincidencia y de que no estuviera perdida. Ella no se mostró sorprendida al verme, al menos no tanto como yo. La invité a tomar unos mates y le dije que después la llevaría en mi auto hasta su casa, ella estuvo de acuerdo.

Otra vez me deje llevar por su agradable compañía y entre mates y charlas se pasaron las horas. El sol que más temprano iluminaba mi sala ya se había ido. Entonces me pareció prudente llevarla. Le pedí a Walconda que me esperara mientras tomaba las llaves del auto que se encontraban justo detrás suyo, en mi escritorio. Al agacharme para abrir el cajón se me cayeron los lentes, recién entonces percibí que aún los tenía puesto. Mientras me los quitaba me di la vuelta para preguntarle a Walconda porque no me había avisado que los tenía, sin embargo, había desaparecido.

Sorprendida con su inesperada ausencia la busqué por la casa con la ilusión de encontrarla, mientras iba haciendo una retrospectiva de mi día y llegué a la conclusión de que cada vez qué me había quitado los lentes mi realidad había cambiado o viceversa ¿Cómo un accesorio tan insignificante podía alterar mi realidad? ¿Me estaría abriendo la puerta a una realidad paralela? Sea como sea no quise averiguarlo. Tomé los lentes, los coloqué en el mismo paquete en que me los habían entregado en la mañana, le agregué la dirección de Walter el verdulero y los llevé al correo sin remitente, claro.

Gabriela Motta
04/01/21
Bella Unión

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Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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