el ladrón de milanesas
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Cuentos de misterio

Mi vecino cocinaba todas las madrugadas antes de irse al trabajo,  soltero y acostumbrado a laburar en el campo se levantaba a las cinco de la mañana preparaba su almuerzo acompañado por unos mates calentitos y se iba. Esa madrugada hacía milanesas en su precario rancho donde tenía tan solo una mesa, la cocina a leña, su cama y un ropero. Las fritaba y las dejaba en la ventana que se encontraba justo detrás de él para que se fueran enfriando. Cuando estuvo pronta la primera la colocó en su sitio y se dio vuelta para freír la segunda, cuando terminó con la segunda la fue a colocar junto con la otra, pero para su sorpresa la milanesa había desaparecido, no podía ser! tomó el cuchillo y recorrió cada centímetro de su patio en busca del vivo que se había atrevido a comer la milanesa, pero no encontró a nadie. Cuando volvió a entrar en el rancho se dio cuenta que la segunda milanesa también había desaparecido y esta vez se habían llevado hasta el repasador. Comenzó a ponerse impaciente él era hombre «guapo», pero en el campo todos conocemos historias de almas en pena que andan por las madrugadas en busca de alguna víctima distraída y con esa idea dándole vueltas por la cabeza se dispuso a fritar su tercera y última milanesa, volviéndola a colocar en el plato sobre la ventana, no sin antes observar bien a su alrededor, la dejó y volvió a colocarse en el rincón. Esta vez ya más asustado, porque al parecer el ladrón no pertenecía a este mundo. Fue entonces cuando vio salir de atrás del ropero una especie de mujer rubia en cuatro patas con un trapo blanco en la cabeza, comenzó a gritar, era una cosa extraña que caminaba derecho a la milanesa, la mujer lo miró en medio de la oscuridad del rancho y sus ojos brillaron, no tuvo el valor de detenerla, cuando llegó a la venta y se irguió para robar la milanesa el trapo se le cayó y fue recién entonces que se dio cuenta que la extraña rubia peluda era el Angueto y salió corriendo detrás de él, aunque fue inútil porque terminó cayéndose sobre el tejido y yéndose a trabajar sin el almuerzo.
Angueto era mi perro «cusco» sin raza, pero puro de corazón. En mi cuadra nadie lo entendía, era algo así como el «Chucky» de los perros y esa madrugada se sintió atraído por el olor de las milanesas y se hizo la panzada, ganándose la enemistad del vecino del fondo también. A la noche el vecino vino a mi casa furioso a contarle el episodio a mi padre quien tuvo que poner la cara y las milanesas, ¡claro!

Gabriela Motta.
13/07/20
Montevideo

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Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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