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Cuento

Cuentos narrativos cortos

Un día en el futuro 

    Llegó cansada y tiró las llaves sobre la mesa, prendió la computadora, abrió su perfil social y posteó su mejor foto.

Sentado en un sofá a la izquierda estaba su hijo, inmóvil, no lo vio o no quiso verlo.

Entre foto y foto sentía la mirada de aquel adolescente clavarse en su espalda hasta podía escuchar su pensamiento 

—Deseo que me digas cuánto me amas con el mismo entusiasmo que le pones al posteo de mis fotos en las redes ¿Acaso no soy el mismo que está contigo ahora?  No puedes imaginar ¡cuántos cumpleaños me quedé esperando esos saludos inagotables que posteas año tras año! ¿No soy merecedor de ellos en persona?  ¿Sabes cuánto tiempo me quedé esperando esas felicitaciones que se ganaban mis fotos en las redes? ¿Eres capaz de sospechar lo lacerante que puede ser ese discurso de «estoy orgullosa de ti» que nunca llega?  Empiezo a dudar si realmente te importo.  

Ella permanecía en silencio atenta a las redes, escuchando a su conciencia que no paraba de gritar.

Creyéndose sin opciones decidió seguir con esa actitud pasiva, posteó una selfie en la que estaban juntos de cuando él era un pequeño de no más de cinco años y se sintió en paz. Uno a cero para vos conciencia, pensó, mientras un bosquejo de sonrisa quiso desprenderse de esos labios casi entumecidos.  

Sin embargo, ella —la conciencia— no estaba dispuesta a callar esta noche ¡no! no se lo haría fácil y por lo tanto prosiguió:   

—Nunca hubo un te amo, un abrazo sincero o una mirada cómplice, en cambio, siempre hubo silencio. Quisiera sentir que me amas, aunque te cueste expresarlo. Me denigra ver que tu única forma de interactuar es virtual. En las redes eres otra, una persona amorosa y con una vida llena de emociones. No recuerdo en qué momento decidiste cambiar de realidad ¿Qué pasó? ¿qué pasa cuando se apaga el monitor? ¿Por qué no me miras a los ojos y me dices que me amas? ¿qué sientes? ¿qué sueñas? ¿qué te gusta y qué no? El silencio comienza a molestarme.  

¡Para ya! —gritó desquiciada —apagó la computadora y se sentó frente a su hijo en un viejo sofá ubicado a la izquierda de aquella habitación carente de cariño. Pero no supo qué hacer al tenerlo tan cerca, obligados a estar cara a cara se miraron y no se vieron, se desconocieron, lo único en común era el silencio.

El joven no aguantó y desvió la mirada, clavándola en el ángulo superior de la pared y fue entonces cuando escuchó por primera vez aquella voz penetrante que le exclamaba a gritos:

—¡Por favor! Dile que prenda la computadora y se ponga a escribir lo mucho que nos ama así nos evita el sufrimiento de su no presencia y nos hace felices sabiendo que al menos en la realidad virtual tenemos garantizado un te quiero. Dile que olvide esa absurda idea de conectarse con nosotros y se reconecte a sí misma para seguir apostándole al mundo lo felices que somos.  

Ella suspiró aliviada —sabía que su hijo la comprendía.   

Cuentos narrativos cortos:

Gabriela Motta 

Montevideo, 01/12/17. 

Fotomontaje: Gabriela Motta. 

  

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Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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