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Cuentos para contar y leer

📅 25/04/2023   📁 Cuentos

Cuentos para contar y leer

Las galletas

Mientras jugábamos me dijo que mañana haríamos galletas. De inmediato se me disparó la imaginación y comencé a pensar cómo las decoraríamos: le podíamos poner chispas, chocolate, vainilla e inclusive hacer un glaseado, no podía esperar a que fuera mañana. Cuando por fin amaneció corrí para la cocina, pero no había nadie. Busqué en el cuarto, en el patio y cuando llegué al comedor pude ver por la ventana que todos estaban afuera. Mamá al ver que me había levantado vino a mi encuentro. La noté diferente, tenía la cara desencajada y trataba de articular una frase que nunca me la pudo decir, jamás la había visto así. Yo que tenía mi cabeza puesta en las galletas le pregunté:

—¿Mamá y la abuela? —no contestó, yo insistí— ¿Mamá y la abuela? Recordás que hoy vamos a hacer galletas!

Dijo que teníamos que hablar. Tomándome de la mano me llevo hasta la cocina, me abrazo e hizo una larga pausa. Después agachándose hasta mi altura me miro a los ojos y dijo que la abuela había muerta esa noche.

No sé cómo, pero de pronto comencé a ver flotando en la cocina las galletas que había imaginado que haríamos con la abuela la tarde anterior. Me asusté y se lo dije a mamá. Ella me explicó que serían mis nervios y me pidió que me sentara. Me comentó que la tía Elena vendría a quedarse conmigo y que traería lápices para que las pudiera dibujar. Mientras tanto ella resolvía cosas de grandes. Así fue, mamá salió, llegó la tía con un canasto enorme lleno de papeles y lápices. Ni bien la vi tomé una hoja y dibujé una gran galleta con galletas más pequeñas en el centro. Fue entonces cuando sucedió otra vez. Las galletas comenzaron a flotar, podía ver como subían y bajaban. Parecerían planetas de un universo paralelo. Esta vez no me asuste, sino que me quede observándolas mientras imaginaba que la abuela, ahora, se encontraba inmersa en ese universo muy cerquita de mi.

Treinta y seis años después cuando estoy nerviosa, aún dibujo galletas y me hace sentir mejor imaginar que son las mismas que flotaban sobre la hoja de aquella pequeña niña que intentaba procesar la repentina pérdida de su abuela.

Gabriela Motta

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