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El eclipse

Aquel eclipse, me eclipso. Aún no entiendo cómo sucedió, pero, su fin coincido con el mío.

Cuando era niña, en casa la violencia era asumida como algo natural. Así habían criado mis abuelos a mis padres, así se trataban ellos y así nos trataban. Yo era la menor de seis hermanos y a diario veía como papá y mamá se insultaba, papá nos enseñaba que no sé pegaba, pegándonos; mamá que no sé gritaba, gritando. El amor en casa era sinónimo de golpes: te pego porque te quiero—decía mi abuela—; si no te pongo límites, ahora que sos chica, vas a salir delincuente —me decía el abuelo. Yo con mis hermanos nos golpeábamos como si fuera un juego.

Cuando me hice mayor y lo conocí pensé que era el amor de mi vida, éramos el uno para el otro. Hasta que de pronto, casi sin percibirlo el príncipe se fue convirtiendo en sapo y juro que no sé cómo no me di cuenta a tiempo. Al inicio nos golpeábamos jugando, era gracioso, él siempre se dejaba pegar. En nuestra primer discusión, él me empujó contra una pared, dejándome tirada en el suelo. Seguidamente, empecé a notar que cada vez que se enojaba golpeaba con más intensidad y tiraba todo lo que tenía a su alcance, era muy impulsivo. Sin embargo, yo seguía aguantando. Hasta que llegó la noche del eclipse, estaba sentada bajo la luna observando ese fenómeno natural, ¡bello! él llegó borracho, como de costumbre, me preguntó qué hacía a esa hora despierta, le dije que miraba el eclipse. Claro que no me creyó. Se puso como loco y comenzó a buscar a mi amante ¿Cuál amante? —le pregunté. Él sin escuchar daba la vuelta por la casa como un desquiciado gritando que saliera. Yo salí tras él, estás borracho, le grité. Se dio la vuelta y me volteó de una cachetada, seguida de muchas patadas, gritos e insultos. Como pude corrí para afuera, él salió tras de mí, corrí con todas mis fuerzas era mi vida la que estaba en riesgo, esto ya no era un juego. Corrí, corrí, corrí… hasta ser alcanzada, él me tomó del cuello y comenzó a oprimirlo, yo traté de gritar, no pude. En un intento desesperado por escapar estiré mi mano y encontré algo pesado, lo tomé y con el poco de fuerza que me quedaba se lo di por la cabeza. Se calló sangrando al suelo, quedando tendido a mi lado, no sé si estaba vivo o muerto ya no importaba. Intenté ponerme de pie, fue inútil, respiré con el poco aliento que me quedaba y observé que el eclipse había terminado.

Gabriela Motta
Montevideo
23/11/21

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Imagen de ipicgr en Pixabay .

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Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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