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Historias mínimas

Gabriela Motta

📅 11/01/2024   📁 Cuentos

Bajo la lluvia

Esa mañana llovía copiosamente sobre la ciudad, me levanté con la calma de un sábado sin horarios ni rutinas, mi única preocupación era prepararme el desayuno y leer un libro. Abrí la heladera y no tenía leche, la pereza invadió por completo mi cuerpo y la idea de tener que salir me molestaba, sin embargo, debía hacerlo mi toc no me dejaría leer sin una taza de chocolate caliente. Así que, sin pensarlo más, tomé el abrigo, el paraguas y me marché. En la esquina el viento me abrazó brutalmente haciendo trizas mi paraguas. Ahí estaba yo, indefensa bajo la lluvia, irritada por mi desdichada mañana mientras sentía caer las frías gotas sobre mi rostro. Envuelta en un mar de emociones seguí mi camino, no antes de maldecir a la lluvia, el viento, mi tranquilidad frustrada y hasta el chino que había fabricado el paraguas ¡Ahora debía llegar a casa, bañarme, cambiarme y para cuando terminara con todo eso ya sería mediodía! ¡Qué mal! En ese preciso momento el sonido de una melodía me aterrizó bruscamente a la realidad, secándome con una mano las gotas que me impedían ver con claridad me quedé absorta observando a lo lejos cómo se aproximaba el afilador. Hacía años que no veía uno, venía tocando su dulce melodía con su bicicleta y el equipaje tapado con un nailon oscuro justo detrás de él. Me detuve sintiéndome pequeñita, yo envuelta en cólera a causa de un desayuno frustrado y un paraguas roto, en cambio ese hombre caminaba bajo la lluvia empapado, como yo, pero sin quejas. Seguramente, no mojarse jamás fue una opción. Con ese trabajo no hay mal tiempo y para colmo un oficio casi obsoleto ¿Quién afila cuchillos con lo barato que sale comprarse uno nuevo? Lo esperé solo para sugerirle que debía cambiar de trabajo. Al verme ahí parada me dijo:

— ¿Tiene un cuchillo para afilar vecina?

—No, le contesté mientras me acercaba a su bicicleta ¿Hay gente que todavía afila cuchillos? —le pregunté con un tono irónico.

—No muchos, pero es lo único que puedo hacer de momento.

—Claro, respondí sin prestarle demasiada atención a sus palabras, voy a comprar leche al mercado de la esquina, ahí están pidiendo reponedores, conozco a la dueña si quiere lo puedo recomendar.

—Gracias vecina, pero no tengo con quien dejarlo y abriendo el nailon que estaba detrás de su bicicleta, pude ver como se asomaban, temerosos, dos pequeños ojitos cristalinos no sé si por la lluvia o porque habían estado llorando. Su cuerpito temblaba, estaba mojado de pie a cabeza a pesar del intento de su padre por protegerlo el agua se filtraba por todos lados. Un nudo se me hizo en la garganta, no pude decir nada.

—Ahora entiende vecina, no tengo con quien dejarlo, aunque llueva tenemos que salir. Comer hay qué comer, aunque llueva.

Yo seguía sin poder decir palabra mientras aquel niño, de no más de tres años, me observaba con esos ojos tristes pidiéndome a gritos que lo sacara de la lluvia. Cuando me repuse le ofrecí quedarme con el pequeño, nada más alejado de la realidad, él y yo sabíamos que eso no sería posible, pero mis neuronas se habían bloqueado y fue lo único que pude decir, luego de una pausa incomoda volví a quedarme en silencio … solo pude observarlos.

—Bueno vecina tenemos que seguir, espero que alguien tenga algún cuchillo desafilado así nos desquitamos la mojadura.

—Hasta luego —me dijo.

Y se fue alejando mientras tapaba a su pequeño con el nailon. Y se fue alejando mientras hacía sonar su melodía. Me quedé pensando en ese niño, mojado y con frío. Era solo un pequeño que pasaría inadvertido, camuflado como un equipaje, igual que mis lágrimas bajo aquella fría lluvia.

 

Gabriela Motta

Publicado en: Libro electrónico: Antología de obras premiadas del Primer Concurso de Vivencias en Prosa. Uruguay.

«Lunática y otros textos», 2020.

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Imagen de JenDigitalArt en Pixabay.