Hombrecitos de colores
Cuento

Hombrecitos de colores

Walconda era una viejita divina, mi vecina de años que siempre tenía historias bellas para relatar. Hasta que cierto día me comenzó a contar sobre unos hombrecitos de colores que salían del agujero que había detrás de la pared de su cuarto. 

 ¿Podes venir a pedirles que me dejen dormir en la noche? —me pidió porque son tan bandidos que cuando me quiero dormir comienzan a jugar por toda la casa.  

Me sonreí para aliviar un poco la tensión del momento.  

¿Te puedo llamar esta noche para que hables con ellos? —insistió. 

—Claro Walconda cuando vengan avíseme que yo hablaré con ellos.  

Esa misma noche golpeó mi puerta. 

 Ya están haciendo relajo en mi cuarto otra vez, yo les dije que hoy vendría alguien para ayudarlos a dormir ellos me ignoraron, pero estoy segura que me escucharon. ¿Por qué en la noche hay que dormir verdad? 

Claro le contesté— arrepentida por haberle dicho que si en la tarde. Pero bueno, ahora tocaba ir hasta su casa y hacerla entrar en razón o llamar a un médico si no lograba yo sola.  

Vamos Walconda la acompaño. Cuando entramos el olor a encierro nos abrazó.  

—Convendría abrir la ventana para dejarlos salir ¿no le parece? Le dije para ver si lograba cambiar el aire de aquella habitación viciada.  

Hija, si abrimos la ventana van a salir para el patio y se meterán en tu casa. No te van a dejar dormir, esa no es una buena idea.  

No creo que vayan para mi casa seguro se entretienen en el patio, son tan pícaros que no van a perder esa oportunidad de jugar.  

Si a vos te parece bien, entonces le abrimos, pero después no digas que no te avise, mira que una vez que se te meten no se van.  

Walconda no se preocupe por mí yo me arreglo con ellos, aquí lo importante es que usted pueda dormir así que dejémoslo salir.  

Abrí  la ventana y espere un ratito como dándoles tiempo para que se fueran. 

Ves que son bandidos —me dijo Walconda— ahora no se ve ninguno, sin embargo, estoy segura que nos están escuchando. Si te van a molestar háblales firme que por un rato se ponen quietos.  

Tranquila Walconda ellos se van a entretener en el patio.  

Gracias m’ija por tu ayuda, ahora me voy a descansar porque hace muchas noches que no duermo bien. 

La ayudé a acostarse y me fui para casa, había sido más fácil de lo que había pensado y sin necesidad de llamar al médico.  

Mi cama estaba justo debajo de la ventana por donde según Walconda entrarían los hombrecitos, cuando regresé a casa y la vi, sonreí no pude dejar de pensar que los años la habían convertido en una niña nuevamente. 

Me acosté y empecé a sentir como pequeños piececitos caminaban por mi cuerpo, «quede sugestionada no lo puedo creer» —pensé. 

Me di vuelta y vi como desde mi ventana pequeños hombrecitos de colores bajaban colgados de una cuerda. No, no puede ser, Walconda grité ¿Puedo ir a dormir con usted? 

Gabriela Motta.

Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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