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Cuento

La discípula

—Maestra—le dijo. Quiero ayudar a aliviar el dolor de los demás, así como lo hace usted ¿Qué debo hacer?
—Ve a tu casa y enfréntate con tu mayor oscuridad, esa a la que no te atreves ni a mirar. Luego vuelve.
La discípula se marchó y al cabo de unas semanas volvió donde su maestra.
—Y muchacha cuéntame: ¿Con qué te has encontrado?
—Con mucho dolor y sufrimiento, no sabía que estaban ahí, no tengo fuerzas para nada, menos para ayudar a los demás.
La maestra la miró a los ojos con amor y le dijo:
—Vuelve para tu casa y amigate con tu sombra.
Y la discípula obedeció. Al cabo de unas semanas volvió.
—Dime ¿Cómo te sientes hoy?
—Maestra, la sombra no desapareció, pero ahora no la veo ajena sino como parte de mi, ya no duele como antes, aunque siento que siempre estará ahí.
—Tú lo has dicho —dijo la maestra. Nunca desaparecerá, pero has aprendido a iluminarla e integrarla a tu ser, así cómo nunca podrás hacer que desaparezca la tuya, tampoco podrás hacer desaparecer la de los demás, sin embargo, puedes guiarlos a qué reconozcan e iluminen la suya desde el amor y no desde el miedo.
Gabriela Motta
22-01-21
Montevideo

 

Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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