Té con dulces
Cuentos

Té con dulces

En las mañanas la habitación de Clara era invadida por un aroma que solo las galletas de chocolate recién horneadas podían proporcionar. El aroma daba la señal de que la primera tanda de galletas había salido del horno, así que debía apresurarse para poder verla cortar la segunda serie. Entonces, se tiraba de la cama y corría, todavía en piyama, para la cocina donde se encontraba su abuela preparándolas. Observaba como ella amasaba y recortaba cada galleta con tanto amor, todo era perfecto, la belleza de la cocina iluminada por el sol matinal fusionada al aroma de las galletas hacía que aquel ritual se convirtiera en algo mágico.
Esa mañana le pidió que la dejara cortar las galletas; consideraba que ya podía hacerlo.
—Mañana te las dejo cortar a ti —le dijo.
El rostro de Clara se iluminó con una sonrisa que dejaba al descubierto sus pequeñas mejillas ruborizadas por el calor del horno y la emoción que le generaba semejante promesa. —Mañana temprano aquí estaré abuela.
Por la tarde otro ritual comenzaba, la hora del té con dulces. Era su segundo momento favorito del día, alrededor de las cinco de la tarde llegaban las amigas de su abuela con bolsas repletas de cosas ricas para acompañar sus largas charlas, Clara era una invitada más, que permanecía junto a ellas hasta que saciaba su apetito. Cuando ella se retiraba su abuela siempre repetía lo mismo:
—Clara ama estas galletas de chocolate, las hago solo para ser testigo de su carita de alegría cuando despierta y las ve. Si existe el paraíso huele a galletas de chocolates recién horneadas —y reía.
A la mañana siguiente, Clara saltó de su cama, por fin iba a cortar las galletas. Sin embargo, notó que su habitación no olía a galletas horneadas. Corrió a la cocina y no estaba la abuela, eso la desconcertó.
—¿Y la abuela? —se preguntó.
Fue hasta la habitación de su madre para buscar alguna explicación. Cuando abrió la puerta se encontró con su mamá llorando abrazada a la foto de su abuela, en ese momento Clara se dio cuenta de que algo andaba muy mal.
—Mamá, ¿Y la abuela? —volvió a preguntar, esta vez con menos énfasis.
—Ven Clara, siéntate a mi lado. Tengo que decirte algo muy triste. La abuela ya no está con nosotros.
Se abrazaron sin decir palabras, Clara en ese momento no lograba entender la complejidad de la situación, pero algo era evidente, la abuela y el olor a galletas recién horneadas se habían ido para siempre.
Gabriela Motta.
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Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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