amor fugaz
Cuentos

Un cuento perfecto

Amor fugaz

La abuela tenía el cabello teñido de gris por los años y era bajita debido a una joroba muy pronunciada, ella creía que la hacía lucir mal, pero no sabía que le aportaba delicadeza a su figura de abuela. Usaba unos lentes muy grandes con un marco negro que le remarcaba su tez blanca y sus ojos oscuros, vestía como todas las abuelas de la década de los ochenta y su cabello siempre se lo peinaba el viento. Tenía las manos enfermas que la limitaban para muchas cosas, pero jamás para mimarme. Ella no siempre fue así, sin embargo, es como la recuerdo.
La abuela me enseñó muchas cosas en la fugacidad de su existencia, como que el momento de amar es ahora porque quizás no haya mañana, que la edad no es limitante para brindar amor a los que queremos, que los dolores con un beso pasan y que las penas con un abrazo se olvidan. Me enseñó que no basta con querer hay que saber expresarlo, me enseñó también que sólo estamos de paso. Un día se marchó sin decir adiós, para sorpresa de todos. Una ausencia dura de procesar con mi corta edad. No podía entender cómo la gente que uno ama puede irse así sin más, dejando su partida en mi huellas profundas, difíciles de cicatrizar. Lo asimile de la única forma posible, aprendiendo a convivir con su ausencia.
No obstante, hasta en esa circunstancia tan amarga la abuela fue sabia y me dejó una enseñanza que me serviría para siempre, me enseñó que debemos brindar lo mejor de nosotros, que los años no son limitantes y que sí podemos ser eternos, porque para mi la abuela nunca murió, sino que permanece presente en mi corazón, a través de su infinito amor y aunque los recuerdos se hayan borrado por el paso del tiempo, juro que la puedo sentir en el viento y en el perfume de las flores. La abuela aún hoy me sigue enseñando a soltar, a dejar ir y seguir el camino.
Hoy entiendo observando esta cicatriz, ya no desde el dolor, sino desde el amor que nos tuvimos que a veces lo más difícil del camino es, justamente, aprender a caminar con el dolor. Cuando seguimos a pesar de todo, la vida nos enseña a transmutar y descubrir que la cicatriz ya no duele. Ahora cada vez que la pienso la recuerdo con tranquilidad, entendiendo que su amor fugaz cambió mi vida para siempre, soy gracias a ese recuerdo que se marcó en mi alma y me permitió ver más allá del dolor.
La abuela jamás se fue, solo dejó de existir físicamente, porque cuando amamos de verdad y con intensidad las personas no se marchan, se transforman, para mí es alquimia pura.
Nunca le pude decir nada de esto a la abuela porque era muy pequeña y pensaba que tendríamos todo el tiempo del mundo. Así que ahora tomo cada una de estas palabras y se las regalo al viento para que las lleve hasta donde ella este.
Yo recordaré para siempre el camino que nos tocó compartir, aunque haya sido efímero y fugaz como una estrella que desvanece en una bella noche de verano.
PD: Para mi este es un cuento perfecto, evidentemente, no por su valor literario, sino porque fue escrito con el corazón.
Gabriela Motta
Montevideo
22/11/2017.
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Autor

gabrielamottavierapitin@gmail.com
Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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